La alubia, el mejor reclamo de Casar

La VIII Feria de la Alubia y la Hortaliza hizo gala de los mejores productos y vistió a sus vecinos como se estilaba en los años 40

La VIII Feria de la Alubia y la Hortaliza hizo gala de los mejores productos y vistió a sus vecinos como se estilaba en los años 40. :: JAVIER ROSENDO

La Feria de la Alubia y la Hortaliza es un evento cada año más multitudinario. Ni siquiera la molesta e intermitente lluvia que cayó ayer sobre Casar de Periedo supuso un problema para los cerca de 6.000 visitantes que acudieron a la cita. Aunque se notó algo en las ventas, según decían los comerciantes, a las dos y media de la tarde ya no quedaban tickets para comer el cocido. Tampoco aparcamiento libre. Las mareas de gente se entrelazaban a esa hora por cada uno de los puestos. Algunos visitantes no daban crédito: «Impresionante. Es una gran iniciativa en la que se ve lo típico de Cantabria», explicaba José Manuel, venido desde Miera. Y es que a Casar de Periodo no le frena ni la crisis ni el mal tiempo para convertirse, año a año, en capital de la legumbre por un día.

Alubias hubo, por supuesto, pero también mucho más. Tomates, calabazas, mieles, quesos, bizcochos, orujo, vino, anchoas, castañas… Hasta 60 puestos de ventas y otros 70 de artesanos. «¿Cuánto valen éstas y de dónde son?», le preguntaba un hombre a Ana Díaz, una vecina de Casar que exponía en el puesto cinco sacos de alubias de diferentes colores. «Valen 15 euros y son las típicas de aquí», le respondió. No hay, sin duda, mejor baza que ésa. «El año pasado lo vendí todo y este año, aunque hemos empezado algo flojos, seguro que también», decía la vendedora mientras ponía un puñado de legumbres en un peso, toda una reliquia: data de 1969.

La cita es todo un acontecimiento y los organizadores -Junta Vecinal y vecinos- saben que deben extremar los detalles. Por eso, se afanan en cumplir sus tres premisas: que todos los productos a la venta sean elaborados y originarios de la ‘tierruca’, que la artesanía sea realizada por los mismos que la exponen y que los participantes vayan ataviados con la vestimenta que se estilaba en la época rural de los 40. Otro aliciente de esta fiesta es la familiaridad de sus participantes. Bien lo saben visitantes como Juan y Menchu, que vienen todos los años porque se sienten «como en casa». Por una razón o por otra, al final, esta feria se llena, lo cual se demostró ayer que, en torno a la una y media del mediodía apenas se podía caminar entre la muchedumbre. Y mientras unos miran, otros trabajan.

Unas 1.600 raciones

Es el caso de Adela, que se afana en freír cientos de tortos detrás de la barra. «Utilizamos más de cien kilos de harina», asegura. Justo en frente de ella, varias personas dan los últimos retoques al cocido. «Lo hicimos ayer por la tarde y esta mañana pronto cocimos las alubias». Rosa María es una de las que ayudan a que las cerca de 1.600 raciones salgan en su punto. El año pasado el ticket para el cocido costaba dos euros y las colas llegaban hasta el final del pueblo. «Es que… ¡Vuela!», dice Rosa.

Las que también volaban ayer eran las alubias del puesto de Juliana Ruesga. «Pasadas la una y media solemos haber vendido todo», explicaban ella y su hija. Tienen la alubia roja, la de cocido, la del Pilar y la placeta. Son veteranas. También lo es Gabi, que vende al segundo protagonista de la feria: el queso. «Tenemos de oveja, de cabra y mezcla, aunque este año hemos vendido un poco menos que otros años por el mal tiempo».
Una exposición de aperos de labranza y una recreación de una escuela de los años cuarenta completaron la muestra. «Es una pasada», decían algunos asistentes. Lo es.

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